jueves, 19 de mayo de 2016

Agujero negro




Hay ojos que nacieron
para ser testimonios de derrotas.

Mirar  es solo ver
paisajes saturados de abismos y tinieblas.

Un penetrar   al límite
del íntimo misterio,
allí donde la hondura y la verdad
acaban por  fundirse y alumbran un  dramático
fulgor inaguantable.

La noche,
su corazón oscuro,
se nos antoja entonces la  más sabia elección,
el último reducto    donde salvaguardarnos
del miedo y la locura.

En su silencio ascético
se vuelven consistencia los rumores
que  en las claridades del día se disuelven.

 Se crea así una mágica   atmósfera cargada   
de músicas inéditas ,envueltas  en  un halo 
 de  grata plenitud y suave transparencia
en donde el alma puede 
hallar serenidad.

Casi puede tocarse con los dedos
la bienaventuranza.

Después ya poco importa
ser o no ser,
parirse
otra vez transformada en aleteo lúdico 
capaz de ser leyenda
o rendirse a la lógica prosaica y contumaz 
de la aniquilación.

 Al fin y al cabo,
se crece siempre a costa
de irse  alambicando, de irse consumiendo
hasta alcanzar el límite  en que existir consiste
en ser una emoción vibrante  que se encarna
en el verbo preciso con el  pálpito exacto.

La luz, 
toda la luz,
su  cara esencia,
ahora ya lo sabes,
es algo que se oculta  siguiendo el puro  instinto
del buen superviviente.

Con que la roce el aire se corrompe...

Por eso vive y medra
explorando el  eterno y germinal
negror de sus adentros.