domingo, 8 de mayo de 2016

Carne de membrillo


Como el membrillo
voy madurando al sol de los ocasos
serenos del otoño.

Sus rayos tenues y dorados  son 
la caricia perfecta.

La artimaña inocente  de que se vale el tiempo
para domar  lo adusto.

No hay quien se resista a la exquisita
largueza de sus dedos enguantados
de un cálido impudor,
 que sin parar  percuten
sobre la pulpa agraz que ha resistido
el embate ardoroso de múltiples veranos
y logran reducirla y sonsacarle
su punto de sazón.


Yo nunca fui frambuesa ,
ni nací delicada nectarina,
yo nunca tuve vocación de hacerme
maceración de todos los dulzores, 
ni ofrecer sin lucrarme
a cualquier labio torpe mi elixir.


A mí no consiguió la primavera
venderme sus camelos e imposturas
que pronto se marchitan 
y que dejan reseco y exprimido
tu caudal  primigenio de emoción.


Y ahora,sin embargo,
sé que la suavidad que me pretende
me acabará venciendo.


Que habré de ser la carne ilusionada
que se atreve a soñar con granazones
cargados de futuro.


Con  hibernar al fondo de un almario
y en ir  dilapidándome
frutal y sensitiva.


Con inundar  sus íntimos rincones
 con ese inimitable bouquet que solo presta
el esencial y auténtico esplendor.