lunes, 13 de marzo de 2017

Biutiful


Nos deslumbran las luces de colores
de las grandes ciudades.

Urbes cosmopolitas,
en donde se dan cita y se confunden
todas los esplendores de este mundo
y todas sus miserias.

Mezclas indefinibles de voces y de acentos
de pieles y sudores,
de alientos y miradas que se encuentran
cuando no se han buscado
e intentan ignorarse.

Como un todo compacto , incontenible,
avanza la marea
de los cuerpos que luchan por mantenerse a flote
y llegar los primeros
a poner las aceras, a comprar el periódico,
a engañar al vecino,
a la cola del paro, a ver como anochece
o a sentarse en el metro.

Nadie habrá que distinga
donde acaba o empieza
este animal humano con tantos corazones
y con un solo instinto,
ese que desde antaño dirige la manada,
que la mantiene alerta a base de inyectarle,
vena adentro y raciocinio afuera
los códigos precisos
de la náusea y el miedo.


Luego,
todo son islas,
rocas desangeladas,
cada cual de su padre y de su madre,
patria incierta
incluso de sí mismas,ruindades cultivando
sus filias y sus fobias,
sus vicios,sus virtudes, sus delirios
sus creencias y sus supersticiones
desesperadamente.

Soledades perdidas
en un mar
al que ya no le caben más catástrofes ,
más ilusiones muertas ni más lágrimas.

Ahogado como está en  esa  ingente
babel del desconcierto.

Oceáno sin costas,
microcosmos  poblado de angustias y tristezas.