domingo, 26 de marzo de 2017

Nada



Nada.
Ni un fulgor,
ni una sombra,
ni un sonido
nos signa desde el cielo.

Ningún leve vestigio que insinúe
que aquella pretensión de nuestra carne efímera
de ser barro amasado
con luz
y trascendido,
es algo más que un sueño delirante.

Solo esta congoja
y este vacío urente
atormentando ahí,
donde según nos cuentan debería
dormitar la crisálida,
aguardando
su instante de esplendor.

Y este compulsión por ofrecerle
nuestra oquedad baldía como instrumento al viento,
por ver si él le arranca alguna resonancia,
un sollozo, un jipío,
un estertor
con que justificarnos.

Con que dejar el eco
de nuestra nulidad sembrado sobre el aire.

Como esporas vibrantes de una nada
que nada es
y nada vale,
pero va esparciendo
mensajes de armonía y de belleza
toda una eternidad  sobre un  inmenso espacio .

Vacío e indigente.