lunes, 26 de junio de 2017

Cénit


Los singulares nacen para solos. 

No ha de haber quien les ponga
una argolla en el cuello,
ni un número en la frente,
ni un apego en el alma que obligue con más fuerza.

Antes que una caricia necesitan
el ímpetu del viento,
mejor que un brazo amable
algún anfiteatro sobre el cénit
con vistas al abismo .
Estiman mucho más que un gesto cómplice
una provocación.

Pero aun así husmean por todos los rincones
rastros de los olores cotidianos
para dormirse sobre su sosiego.

Porque es que un singular ,que nace para solo,
muere
para dejar de serlo,
aunque por más que busque no encuentra, es que no existe,
un singular cortado a su medida

Habrá de conformarse con ir languideciendo
escuchando como una letanía
latir su solitario corazón

Con perecer, ahíto de sí mismo,
devorado
por su insaciable ego.