domingo, 15 de abril de 2018

El nombre de la bestia


La luz de la mañana
consigue despertar de su letargo
a la ciudad,
que al borde de la náusea
va vomitado sobre las aceras
a una multitud abigarrada
de seres anodinos de gesto adormilado.

Deambulan, anónimos,
uncidos a la prisa sempiterna
-¿ quién sabe dónde van?-
y a la resignación.

Van cargando su fardo
de penurias , de angustias,
de problemas
por los mismos caminos que conducen
a los mismos lugares.

A las tripas oscuras
que nutren la entrañas de la fiera.

Allí donde no hay
humanidad que valga,
ni cielo azul, ni hierba,
ni pájaros, ni nervios,
ni pulmones que aguanten
tal exceso de humos y de malos humores,

La urbe, he ahí
el verdadero rostro de la bestia
de las siete cabezas y diez cuernos,
cuya sola ambición es devorarnos,
de la que habla el Apocalipsis.

Cualquier año de estos lo consigue...

Un día más
salimos casi indemnes de la prueba,
con apenas un gusto desabrido
a desgana en los labios
y un par de desgarrones
en los bordes del alma.

Tres horas
poco más ,
corta es la tregua,
que la vida le ofrece a cada uno
para vivir ,
para experimentar que existe algo
que merezca ese nombre.

Puntos de luz emergen,
de las fauces oscuras de la noche
y van configurando el extraño espejismo
de unos cuantos millones de luciérnagas,
que guarda cada una
dentro de sí un enigma .

Luego,
el mismo ritual:
ventanas que se apagan,
unos cuerpos cansados que se entregan
a la claudicación de sus sentidos
y se abisman con gusto
en el limbo del sueño.

Dichoso del que puede
dormir toda la noche.

Soñar que solo tiene el calendario
rojos días de fiesta.

Que el Sol ha decidido
que a partir de hoy , él se levanta
después del mediodía.

Y que nadie inventó el despertador.