No es solo la ambición disparatada
de acariciar las nubes...
Es tener que llevar tanta mochila a cuestas.
Es muy
largo el camino.
Y muy
cansado.
Pesa
el
polvo acumulado
sobre
los pies,
que
arrastran su desgana
de
seguir prodigándose por senderos que existen
porque
fueron trazados por la deriva errática
de los pasos de otros, que, lo mismo que yo,
también
iban perdidos.
He
llegado hasta aquí,
y ya es
bastante
haberlo
logrado hacerlo casi indemne.
Después
de ver las formas tan diversas
con que
la vida puede sorprendernos
disfrutar
de esta paz ,
este
silencio y esta suspensión
total
de los sentidos,
no es
mucho, pero es más que suficiente,
se
diría
que es
toda una victoria.
No sé
ni dónde estoy,
pero he
decidido
que he
llegado a mi casa.
Que
este espacio baldío y olvidado en los márgenes,
es un
lugar tan bueno como otro
para
insubordinarse contra la tiranía
de la
inercia, que apremia a moverse sin ganas,
porque
toca moverse,
sin
rumbo y sin destino.
Es tan
liberador abandonarse
y
dejarse mecer con suavidad
en los
brazos mullidos de la abulia...
Ya nada
queda hacer,
sino
esperar la noche
para
mirar de nuevo las estrellas
y
admirarlas,
sin
más,
sin
pretender buscar en sus fulgores
los
rastros de qué trágico o qué esplendoroso
porvenir
nos aguarda.
Acaso
sumergirse
en el
dulce abandono del espíritu
en algo
se asemeje a disfrutar
de una
miniversión del paraíso
humana
y asequible.
Lo que
tenga que ser,
será,
siento
por fin
que he
encontrado mi sitio.
De aquí
ya no me muevo,
si el
futuro me aguarda, pues que espere sentado...
O que
venga a buscarme.