
No siempre está el infierno
-tal y cómo lo pintan-
tapizado
de ploma derretido.
Resulta más dramática
-y mucho más perversa-
la versión de ese limbo incoloro e insípido,
de tardes enrocadas en silencio rampante
y eternas madrugadas.
Llegan
esas horas sin prisas,
en las que, por matar el tiempo, deambulas
por paisajes antiguos
y en el aire se plasman los perfumes,
las formas, los sentires
Recordar suele ser
añorar a destajo.
Y penar otra vez.
Día tras día...
Cuatrocientas veces.
Con la óptica nítida que presta la distancia
resulta ineludible dudar y cuestionarse.
Si la pregunta es:
¿ Qué hice con mi vida?
Mejor no te respondas.
Adormece
la nostalgia por lo que pudo ser
y la culpa por lo que nunca ha sido,
que habita en un rincón de tus entrañas,
y respira bien hondo
mientras miras al cielo.
Busca en él esas nubes
que ponen su destino en manos del azar
y, gráciles, persiguen la estela de las garzas,
ignorando que gestan
la preñez de la lluvia.
Ya llovió...
y escampó.
Y muy seguramente
diluviará mañana.
Mientras tanto
solo existe este ahora
y el deber de exprimirle hasta la gota última
a la esencia gustosa
de lo improbable,
este instante impregnado de inusitada calma



