Romper nuestro capullo,
quebrar la oscuridad,
quizás nunca debimos.
En mitad de esa ardiente y pavorosa
vorágine de luz
es fácil extraviarse.
Confundirse.
De tiempo y de lugar.
De dirección.
- ¿acaso vengo o voy?-
De rumbo.
De objetivos...
Es cansado
este andar sin saber a ciencia cierta
cuál es tu sitio ni para qué te mueves,
para llegar al mismo desenlace
anunciado y patético.
De tanto confundirse,
extrañar la quietud gustosa y sin aristas
y el silencio perfecto que reinaban
en el negro absoluto.
Ceder a la añoranza inevitable...
Y acabar por fundirse con la nada.





