El horizonte está
allá, del otro lado de los sueños
quemados en su altar.
Cada vez más cercano
y más inalcanzable.
El camino que repta
como una cicatriz, fiel al recuerdo
de infinitas derrotas,
en mitad de la tierra calcinada.
Las piedras, que prometen
colarse en un descuido en tus zapatos.
Ni tus suelas ni tú
estáis para más bromas ni más trotes.
Dan ganas de gritar
pidiendo algún milagro,
que caiga ese diluvio que sosiegue
la ira de los dioses.
Que pueda el descreído,
sin fe y sin esperanza,
mirar al cielo y ver
que no todo son grises.







