Por vez primera debo declararlo:
quiero cerrar lo ojos y dormirme
para no despertar, quedarme quieta
y fría sin que nadie lo notase.
Alejarme de aquí del mismo modo
en que un día llegué, sin meter bulla,
dejando atrás la estela rumorosa
del sollozo que exhalo por el mundo.
Solamente los pájaros del alba
sentirían el roce de un suspiro
en sus alas y acaso pesadumbre.
Y por última vez, sobre mi lecho
se posaría el Sol, para ofrecerme,
con su beso, una tibia despedida.

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