No hay amaneceres de domingo
que sirvan de aliciente para el triste
Limitarte a arrastrar
los huesos doloridos de un cuerpo fatigado
fuera de la tibieza confortable
del nidal de tu lecho.
No dar los buenos días
a este rayo de Sol
que llega a despertarte puntualmente.
Olvidar que eres luz
y condenarte
a vivir a merced de las tinieblas.
Existir para ser infinitivo
en un tiempo que huye, carente de relojes.
Surfear sin reposo
ese largo minuto, capaz de eternizarse
y convertirse en brasa,
al tiempo que buceas el fondo de tu abismo,
allí donde se van almacenando
inefables recuerdos.
Sentir cómo te inunda
el pecho la añoranza
por volver a sentir el alboroto
con que solía celebrar el pájaro
cautivo que me habita- hoy sumido en silencio -
la mañana que nace
cargada de suspense y de promesas.
Presentir que ha de ser la reconquista
bienhechora del gozo de su canto
tu ultima esperanza.

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