“Pudisteis elegir”,
suelen decirnos
los que quieren tenernos bien sujetos
de la férrea cadena de la culpa.
¿ Pudimos elegir?
¿ Puede evitarse el acercarse al agua
cuando se tiene sed?
¿ En mitad de la noche más larga y más oscura,
qué valiente o qué loco
hay que no elija el miedo?
¿Acaso es libre
la piel para negarse a la llamada
ardiente del placer?
Solo el malvado elige por su gusto
maltratar al inerme.
Los demás solo somos
hojas secas que vuelan o se arrastran
al dictado del viento voluble de la vida.
Podemos elegir,
sí...
El perdonarnos
tanta fragilidad.
Seguir siendo quien somos
y proseguir andando hacia adelante,
tratando no dañar más de lo imprescindible
-ni a nosotros mismos.
Y a ratos intentar
incluso hasta dejarnos llevar por la ocurrencia
absurda
-y peligrosa-
de querernos.

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