Armados de insistencia y de sigilo,
poco se puede hacer
contra los aluviones de rutina
que te empapan por dentro
y empantanan tus días.
Llevas las de perder
contra la destemplanza de los cielos,
dispuesta a doblegarte,
es inútil luchar
contra la sucesión de las tormentas.
Nada se puede hacer
contra el río impulsivo de la vida,
que te arrastra y te lleva
contra los arrecifes.
Nada se puede hacer,
pero hay que hacerlo...
Lo demencial, lo absurdo lo imposible:
gritar y maldecir,
nadar contra corriente.
Porque no hay otra opción.
Es eso,
o entregar sin una mala queja
la voluntad.
Y ahogarse.
