Yo tuve de pequeña un peine de oro puro
que mi amoroso padre un día me obsequió
y aunque lo cuidé mucho -eso os lo aseguro-
no sé dónde ni cuando a mí se me perdió.
Seis hermosas peinetas de nácar y corales
adornaban mi trenza en plena juventud,
pero por distraerme por ciertos andurriales
muy maltrechos quedaron su lustre y su virtud.
De auténtico carey era aquel cepillo
con que desenredaba, para sacarle brillo,
hasta ayer mi melena, de la frente a la nuca.
Hoy solo las ideas son las que se me enredan...
y para estas míseras tres canas que me quedan
lo más sensato es comprarse una peluca.

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