Ya no es esplendor maravilloso
la luz con que nos da la bienvenida
el día que despierta ni convida
a afrontarlo como un reto gozoso.
La experiencia te fuerza al rito odioso
de temer cada nueva amanecida
un nuevo desafío de la vida
que no te dé un instante de reposo.
Y sueñas con poder seguir durmiendo,
un rato más, ajena a la estridencia
del mundo y al rigor de sus dictados.
Sentirte liberada, persiguiendo
la inefable y sutil inconsistencia
de tus más viejos sueños trasnochados.

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