sábado, 8 de agosto de 2015

Circunloquio en torno a dos simples palabras



Te podría decir que de igual modo
que intuía la luz,  
su cataclismo
precursor de  la vida y  sanguinario
  verdugo de su esencia,
 desde antes
que me hiriese los ojos, 
ya en la entraña
oscura de mi madre,
así  sabía
la existencia de un algo, 
de un alguien generoso
que habría de brindarme esa excusa perfecta
para sentir la mía  más amable,
 digna de  ser sufrida y ser amada.

 Te podría contar de qué manera
se despertó mi música de dentro
cuando  creí notar que una sonrisa
perseguía el vaivén de mis enaguas.

Que  solo me amanece
una mañana limpia ,
 pródiga   en exultantes claridades
y  llena de rumores benéficos de mar
en el  feliz instante en que presiento
que un corazón  de  nácar y de  brisa  
con su latir  me habla.

Te podría decir, sin más rodeos,
mi verdad más auténtica,
aquella que me inunda y me desborda,
y pugna por decirse
 con solo dos palabras.

Esas que  sin sentir
se derraman y dejan  flotando sobre el aire 
la  frescura y la dicha  esplendorosas
de un revuelo de pájaros celebrando la lluvia
cada vez que algún labio las pronuncia devoto

Pero da tanto miedo...
tanto...,
tanto...
exhibir tanta piel y tan desnuda.

Dejar que el alma ingenua 
 pendule suspendida del hilo  quebradizo
de una  esperanza ilusa,
  fabulando que un día acaso le responda ,
como un eco, otra voz.

Y luego, ante el silencio, 
sentirse  tan pueril...

Tan expuesta, 
tan frágil,
tan sensible...

Tan estúpidamente   desarmada.