¿Cuántos
mares de espuma turbulenta
le
quedan que bogar, sin más fortuna
que
aceptar los designios de la Luna
cuando
muestra su faz más virulenta?
De sus naufragios ya perdió la cuenta...
Hoy,
un cerco en el cielo de luz bruna,
anuncia, sin que quede duda alguna,
que se está aproximando otra tormenta.
Y
amarrada a su poste, a pie derecho,
una
sirena sigue desgranando
con
ronca voz de sal su canto triste.
Aferrada
a la fe tenaz del pecho,
ahí sigue Penélope, remando,
aun
sabiendo que Ítaca no existe.
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No
hay ni un buen presagio, el Sol no brilla
en
lo alto, ni vuela una gaviota
en
el cielo, ni empuja tu derrota
un
viento compasivo hacia la orilla.
Sientes
como el latido se te agota
y
el corazón anémico se aovilla ,
cansado
de soñar la maravilla
de
la improbable ínsula remota.
Como
el naufragio auguras inminente,
rebuscas
en el fondo de tu almario
pecios
para escribir un poemario
que
sin tintes dramáticos lo cuente.
Toca
salir a flote a tu manera,
porque
Ulises, ni está ni se le espera
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Una ínsula
más, la más perdida
de todo un
archipiélago infinito,
es la barca
sin remo en que transito
por los mares
sin Norte de la vida.
Estoicamente,
he de abrazar el mito
de mujer
esforzada y aguerrida
a la que nada
hará caer rendida,
mientras en
mi interior ahogo un grito.
¿ Cuántos
siglos bregando tempestades
habré de
soportar? ¿Cuánta amargura
he de tragar,
callando mis verdades?
Soy solo esa
patética criatura,
cansada de
arrastrar sus soledades,
que canta,
para ver si las conjura.
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Por mucho que la vista se acostumbra
a este denso negror de pesadilla,
añora aquella mágica penumbra
de una Luna estival, tan amarilla.
Ni siquiera a lo lejos se vislumbra
la luz de un faro, mínima cerilla
avivando la fe que nos alumbra
de que en algún lugar hay una orilla.
Conque toca servirse del oído
para arribar al bien desconocido
de un puerto en tierra firme, si lo
hubiera.
Batir contra el furor del oleaje
el eco de mi voz y guiar mi viaje
hacia una playa en la que amaneciera.
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Completamente
inerme, suspendida
en
el aire, midiendo su vacío
o
a punto ya de ahogarme, sumergida
en
el languor inhóspito del frío.
Exhausta
de bregar con lo baldío
del
esfuerzo, sintiéndome rendida
ante
el interminable desafío
que supone enfrentarse con la vida.
Y
sin que aflore en el vocabulario
con
que se escribe mi relato a diario
lo
sólido, lo lúdico, lo amable...
Providencial,
bendita estratagema
es contar, sublimada en el poema,
mi
odisea y hacerla soportable.