lunes, 6 de febrero de 2017

Isla sin islario


De singulares islas,
de egregias soledades.....

Hay algunos que hablan , 
porque entienden,
de ínsulas,
espacios limitados
que tienen en las cartas geográficas
coordenadas secretas,
perdidas en mitad de los océanos,
a las que nadie encuentra
pues nadie fue a buscarlas,
libres
para mirar de frente y plantarles
cara a todos los vientos.

Se lamentan
del lastre ingente con que las grava un ancla
de pétreos esqueletos coralinos
o de lavas volcánicas.

! Islas!
! Qué sabrán ellas,
siendo míticos nombres en islarios,
de penas de destierro!

Ni siquiera sospechan que puede ser que haya
una flor,
rara belleza náufraga
abrumada de sal,
flotando a la deriva y suspirando
por la dorada arena de sus playas.

Del abandono sabe
un pétalo de almendro,
sentenciado por un soplo de brisa
a morir solo,
ahogándose
en silencios de hielo y de amargura.


Pudriéndose sin gloria
en el fondo del charco de sus lágrimas.

Indolencia


Ya casi que ni vivo, me acomodo
sobre el lomo del tiempo y me deslizo
dejándome llevar por el hechizo
de ser nada fundiéndome en el todo.

Mi vida es una suerte de indolencia,
me abandono y de mí me olvido para
acomodar mi pulso al aire en clara
comunión con su misma transparencia.

Así existir se vuelve tan liviano
que acaba por volverse soportable
la incongruencia de ser y ser tan breve

Soy como agua que fluye por la mano
ajena a si una sed habrá insaciable
que a unos labios alguna vez la lleve.

Yunque y martillo de la monotonía





¿ Y esto era todo?
¿ Todo se queda en esto?

La misma oscuridad
cegando la mirada expectante por ver
un alba diferente que debe conformarse
con contemplar la bruma 
de un idéntico lunes repetido y lluvioso
de este único invierno

Esa mueca- sonrisa que me es tan familiar
como si fuese mía
ensayándose nueva ante el espejo
para recomponer -trabajo de Penélope-
la inconsistente máscara que corroyó  la noche
con la que escamoteo a los ojos del mundo
los estragos del tedio.

El mismo café amargo
con que engañar las dos horas de sueño
que casi siempre faltan,
la misma sacarina
para suplir- ! qué más quisiera ella!-
la dulzura del todo necesaria.

El semáforo plantado puntual
junto a la misma esquina
  • de habitual cerrado-
haciéndote perder la vida que pasa a media cuarta
de tus mismas narices,
como siempre siempre en el último
minuto y medio.

Los mismos rostros,
los mismos gestos,
las mismas voces, las mismas inflexiones.......

Este paisaje ya se lo conocen
mis zapatos sin suelas y mis lágrimas.

El carrusel ,
monocorde a la par que enloquecido,
ya ni divierte,
es
únicamente un vértigo
que está llegando al punto de la náusea.

Menos mal que hay dolor,
bestia negra,
el yunque y el martillo
de la monotonía.

Sobre él,
como quien danza a solas 
desnuda y de puntillas  sobre ascuas
se mantiene despierta y vigilante
la esperanza-
! Qué loca equilibrista
de corazón ardiente!-
de que este hoy que se me antoja eterno
cambie en algo mañana.

El dolor,
lo ferviente
de su ferocidad
es ese clavo ardiendo que nos salva
de ser carne insensible.

Que al menos su inclemencia
aun siendo siempre igual
a cada rato punza con diferente saña.





Pluma en vuelo


No soy de las que suelo
dejarme derrotar por la evidencia,
con imaginación y con paciencia
decoro mi paisaje tal y cómo lo anhelo.

Que la verdad despierte la conciencia
y libere no importa ,en paralelo
los pies te ancla a tierra y yo siento hacia el cielo
una clara apetencia.

Ser carne de rutina
no está entre mis opciones cotidianas
sufrir mi vida en prosa ya es condena bastante.

Me sobra indisciplina
para huir a regiones soberanas
mientras vuele mi pluma y el corazón lo aguante .


domingo, 5 de febrero de 2017

Justicia poética

  
Estamos atrapados aquí abajo.

La vida nos acecha.


En el marasmo lento de las horas
 se enrosca ensimismada   y se detiene
hasta ahogar al gorrión que nos anima.

Hasta que respirar acaba siendo
un angustioso angor ,
una suerte de nudo corredizo
que asfixia la verdad que se rebela
y sus gritos sofoca .

Ahíta de cuchillas cristalinas
y atrapada en la ciénaga innombrable
del silencio voraz,
la palabra,
tibieza milagrosa,
con la que aproximarnos,
con la que acariciarnos
para ver de engañar la soledad,
sucumbe
y lentamente,
como un alga se pudre y nos infecta.

Hay siempre una serpiente camuflada
tras de cada mutismo ,
siempre hay un temblor hecho de plumas
con vocación de presa,
y,si es que hiciese falta,dispuesto a autoinmolarse.

Dónde iremos ahora
a buscar aquel soplo redentor de esperanza
cuando incluso el aliento imprescindible
lo hemos declarado una utopía .

Pues digamos  que es
 por justicia poética si luego
  a las alas sin rumbo,
que, huérfanas de sueños,renuncian hasta al aire
la existencia les pesa





Hado


Hubo un tiempo en que solo reinaba la armonía
en nuestro espacio íntimo y nuestros corazones
concertaban en una sus dos palpitaciones
o  así yo lo creía.

En el que el Sol salía
para poner colores a tantas ilusiones
con las que decorábamos los plácidos rincones
felices y minúsculos de nuestro día a día.

Y luego ¿ Qué pasó? ¿ Por qué tiende la aurora
a irse retrasando y la noche se alarga
hasta volverse eterna?

¿Qué nos espera ahora
que merma la palabra sobre la lengua amarga
y el silencio creciente la vida nos hiberna ?

Qué hado nos gobierna,
de brillo agonizante y signo cachicuerno,
que nuestra vida aboca  lentamente al infierno.









Querencia



Sé que tengo que hacerlo,
he de esforzarme
en vencer los resortes invisibles
y férreos de la inercia.

Toca otra vez tirar
de los hilos que mueven las manos y los pies
de la desarbolada marioneta
patética que soy,
tan fatigada
de tener que llevar sobre sus hombros
el peso de su historia,
lastrada de renuncias,
de fracasos , de duelos y de ausencias.

A pesar de saber que a nadie esto
le conmueve o le importa,
de no hallar
una sola razón objetivable
en que fundamentar mi resiliencia,
sé que  tengo que hacerlo,
más que nada
por respeto a la  mínima porcion de dignidad
que me debo a mí misma.

Pero hay que ver qué ardua es la batalla
que libra el barro oscuro y derrotado
por negar su querencia.

Qué fuerte que resulta
la dulce tentación de abandonarse,
blanda y confiadamente ,
en los brazos amantes y oscuros de la tierra.