Me miro en los espejos y no me reconozco.
En cambio, cada vez con más frecuencia,
descubro en ellos las cejas de mi abuela
el cutis macilento de mi madre,
la sonrisa torcida de mi abuelo...
tributos que la herencia familiar
con fuerza nos reclama.
¿ Dónde quedaron
las rosadas mejillas,
los gestos descuidados y la sonrisa abierta
de los días vividos antes de que la vida
nos los disciplinara?
Pues habrá que aprender
a vivir sin mirar a los espejos.
A buscar en el fondo
de mí misma la más esplendorosa
y complaciente imagen.
Pero esa luz...
ese fulgor indómito que todavía pugna
por temblar en mis ojos...
Esa luz que retrata
a la mujer curtida en resiliencias
y a punto de sazón.
Esa que sí soy yo.
Íntimamente
madura,
madurada
a placer, golpe a golpe, por el tiempo.
Esa mujer gustosa,
que tiene tanto gusto en conocerse,
a la que los espejos no retratan.