La luz.
Nos queda aún la luz.
Esa luz que porfía
en despertarnos, cantarina, al alba
y mostrarnos un mundo
en plenitud,
colmado,
de serena belleza y armonía.
La luz sin paliativos
del Sol de mediodía
que nos hace sentirnos como un pájaro,
feliz de disfrutar de sus favores,
e improvisar un himno
al gozo de vivir y a la alegría.
Esa luz mortecina del crepúsculo,
de resplandores áureos,
que muda nos enseña
la dura disciplina de que hay que rendirse
cuando toca, con tal de coger fuerzas
en aras de una nueva epifanía.
Incluso en sus eclipses
es una alegoría,
de mirar y de ver que tras cualquier paisaje,
por desesperanzado que parezca,
existe poesía.
En esta circunstancia,
rehén de lo intratable,
manos mal que nos queda todavía
la luz y su prodigio
de pura resiliencia incandescente.
Celebremos la luz con una oda
encendida y espléndida,
de nosotros,
tristes seres sombríos,
criados a los pecho de lo oscuro,
no sé lo que sería
de no poder sentir, amoroso, en la frente,
el beso de la luz de cada día.

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