De repente en los labios se te atora
la palabra precisa, ¿Cómo era
Dios mío,
cómo era,
aquello?
Entusiasmarse...
Sentir que un hervidero de emociones
crece dentro de ti y te espolea
a caminar impávido
sobre el sinfín zarzas ardientes y de brasas
como van tapizando tu camino.
Las cenizas
son hoy la realidad omnipresente.
Y la extraña certeza
de que ya nada importa.
No hay mordisco más frío.
Es gelidez feroz que te anestesia
hasta hacer de los días
álgidas superficies donde el vivir resbala
sin dejar ni una huella.
Es esta una estación
nebulosa y estéril, que disfraza su ruina
con preñez de sosiegos.
Acaso,
en todo semejante
a ese tiempo de calma
que precede a la muerte...














