viernes, 26 de febrero de 2016

Despertares



Pongo el despertador:
las diez y diez.
Una hora tan buena para otra
para abrir los ojos y avalar
que ya ha salido el sol,
que el mundo sigue ahí ,que tan temprano
todo su peso muerto deposita
sobre mis hombros 
y toda la congoja 
de vivir  porque toca se remansa 
en la mitad  exacta de mi pecho.

Una hora tan buena como otra
para sentarse a ver como transita
la vida ante mi puerta
y pasa junto a mí sin detenerse.

Como yo me  apalanco   y me conformo
con soñar que acaricio sus hilachas.

Son ya las diez y diez,
una hora tan vacua con otra
para buscarle a tanto despropósito
un misterio congruente que redima
y explique el sinsentido .

Para  sentir la  fuerza  con que nace,
al no poder hallarlo, el ímpetu del grito.

Para cantar  más fuerte , hasta que  quiebre
la voz todos sus timbres, con tal de amordazarlo.

Hoy son las diez y diez,
 quizás mañana
serán las doce y veinte...   

O las cinco cuarenta, 
tanto da.

Una hora es  tan buena ,
o tan mala,
o tan indiferente como otra
para los despertares  que conocen
lo absurdo que resulta
 su  único propósito.

Esperar que se pare 
el reloj 
y  que tiemble
un candil  inspirado
por el temblor de un hálito invisible.

Mientras  el caos vuelve a su rutina.
de hallar inútilmente el equilibrio.

Y en la noche se instalan,
perennes ,
los silencios.