miércoles, 22 de junio de 2016

El sueño de una noche de verano


Ha llegado el verano.

Visarlo  por escrito en un papel
es toda una obviedad ante el gracejo 
con que cantan los pájaros
y  las crepitaciones extenuadas
con que cuentan  las yhedras,
su exasperado anhelo  por un poco de sombra.

Ante la nítida,
  tersa complicidad con que el celaje
lo publicita desde las alturas
vistiendo  sus  azules  más intensos.

Ante el  jovial descaro con que lucen las flores
 sus galas primorosas, 
compitiendo en belleza,
sin sospechar siquiera que sus pétalos
ya son los desdichados precursores del humus.

Que con su podredumbre
ya sueña la hojarasca para  darle
un toque de glamour a su manteo.

*****

Solo mi corazón sufre la herida
por la velocidad con la que el tiempo
fluye sin detenerse,
pasa sobre sobre nosotros,
nos arrolla a  su gusto
y nos va molturando,
y nos va remoliendo como  a guijas menudas
hasta que nos termina reduciendo
a barro que suspira.

Solo yo siento  cómo me atormenta
una inquietud opaca ,
indefinible,
que malogra mis días
y desvela mis noches.

Y ante el cielo  suntuoso
repujado de estrellas del estío
mi latido no exulta,
 si no que ,extrañamente,se vuelve melancólico,
acaso conmoviéndose
 conjeturando cuántos de esos resplandores
son destellos  fantasmas, 
náufragos esplendores de mundos ya prescritos
rutilando sin rumbo 
sobre el vacío inmenso.

El alfa y el omega
son dos extremos  de la misma nada.

Y ,en  el medio, yo
  soy la   definición  del menos cero
elevado a la  enésima potencia
encarnado en doliente lucidez
que anda columpiándose
sobre el angor punzante de su presentimiento.

Este pálpito urente que me avisa
de que son los veranos,
sin excepción,
 efímeros.

Y en cambio nadie sabe
cómo de larga , fría  e insufrible
puede llegar a hacerse la ruindad
 del último invierno.