lunes, 19 de diciembre de 2016

Tragicomedia homérica



Qué dichoso fue Homero
que escribió la epopeya que debió, por la fuerza,
vivir y sufrir otro.


Hay días que amanecen para nada...

Para volver de nuevo a la rutina
del paso sobre el paso,
de la senda trillada por la senda,
que nunca nos conduce
a la felicidad.


Para enristrar con tedio sobre sus coyunturas
largas horas vacías de sentido,
en que insistir en la liturgia infame
de la sonrisa hueca que maquilla
el gesto de cansancio ,
el rictus de dolor.


Hay tardes de crepúsculos sin magia
que ni siquiera son un grito cárdeno,
con que clamar, pidiendo al cielo cuentas
de su indefinición.


Hay noches hoscas
que hacen gala de un cielo trajeado
de  luto riguroso,
en donde se diría que se han puesto
de huelga las estrellas
y  se niega  la Luna
a prestarnos su luz para soñar,

Hay semanas, hay meses...
...hay años , hay decenios
que pasan sin dejar rastros al  uso,
muescas que necesiten redención
sobre tu alma oscura ,
apenas se concretan en un brillo
de tristeza animal,
desencantado,
celando la mirada y dejando en la boca
un poso de amargor.


Hay siglos que no estamos para más
hazañas que las justas.

Y es  entonces,
cabalmente es entonces,
cuando la vida exige con apremio
que el corazón se infecte con la larva
de la codicia por llegar a ser
el dueño de un latido capaz   de imaginarse
canción incorruptible.

Que luego la glosemos,
tal cual,
tragicomedia
de nuestra condición,
que escribamos a pulso, ignorando la náusea,
con nuestro propio vómito si es que fuera preciso,
nuestra particular,
absurda,
resignada,
patética odisea.

El paso tras el paso,
sobre el polvo se imprimen las rutas del olvido.

Esas predestinadas
a seguir por caminos circulares
tras las huellas confusas que conducen a Ítaca.

Sabiendo a ciencia cierta
que ese lugar no existe

Y que , además, no importa...

Pues, de estar en los mapas de los rumbos vitales,
tú nunca has de llegar.