lunes, 2 de febrero de 2015

Bienaventurados los ciegos


Vivir inmerso en sombras,
llevando las pupilas asoladas
por intentar paliar, humedeciéndolos,
los fracasos de Agosto,
por querer descifrar el alma de las cosas
a base de dejarse en sus aristas
la ingenuidad ilusa
que había en la mirada sin un grito,
no es tan grave
si se vive en el reino de los ciegos.

Solamente es un drama
si tienes todavía un ojo indemne
y entiendes que la luz nunca prescribe.

Que debes entregarte
a la absurda proeza de alcanzar
su esencia y ofrecerle
tu último alarido.

Sí sabes que la piel
-sobre todo la piel-
es tan proclive
a dejarse engañar por cualquier tacto.