domingo, 9 de octubre de 2016

Miradas



Ya no puedo mirar,
sobre los ojos
deflagran las imágenes
y se clavan urentes, como astillas
cargadas de crudeza
e inhumanidad.

Será porque los años me han ido ablandando,
será porque la estampa
a base de insistir y repetirse
ya ha colmado
mi pozo confortable de apatía,
pero es que ya no puedo
mirar sin que a mis párpados se asome
a chorros la tristeza.

Y no es por ese niño
que me mira a través de sus pupilas nítidas
repletas de inocencia inconsolable
y de estupefacción,
ni es por eso anciano que comprende
y maldice en silencio
y acepta y me mira
al tiempo que dispara su denuncia
desde la hondura de su desvalimiento.

No es  solo por ellos,
por todos esos hombres que padecen
porque otros lo mandan ,
ni es por esas madres
que cuidan sus retoños con amor
a sabiendas que no tienen futuro
por lo que hoy derramo mis lágrimas a mares.

Es por todos nosotros,
que no somos capaces de hacer de nuestros brazos
el puerto más seguro,
de lograr que germinen
semillas de justicia
sobre el solado pétreo de nuestros corazones
por conseguir que algún día florezca
radiante la esperanza.

De mirar de una forma compasiva
o, en su defecto,
de arrancarnos los ojos.

Si los dioses se abstienen, por distantes,
que los cuervos decidan qué ha de hacerse
con el hiriente escándalo de que los hombres sean
los lobos más rapaces de los hombres.

Es por eso hoy mi llanto,
aunque sepa de sobra
que de bien poco sirve.

Ni siquiera es consuelo, por el río
del apresuramiento de la vida
se aboca prontamente en ese colosal
océano de olvido, el gran liberador
de todas las miserias.

Lloro por cada uno 
y no lloro por nadie.

Más que nada es por mí,
que ya no puedo
soportar que me abrume la piedad impotente.

Mirarme en el dolor de otras miradas
sin sentir que me muero de pesar.

De amargura...

De rabia.

De vergüenza.