martes, 11 de julio de 2017

Pasto de asombro


Todo es cuestión de armarse
de paciencia y valor
y  de atreverse
a mirar...

Mirar despacio el mundo
con los ojos vacíos,
despojados
de antiguas rendiciones.
Y descubrir la épica que anida
en las cosas humildes,
en los seres sencillos
que solo se dedican a vivir,
y a sufrir, si es que toca,
exprimiendo la magia del instante
y a permitirse a veces el lúdico pecado
venial y permisible
de disfrutarlo a fondo y sin rubores.

Pregúntale al jilguero por qué canta
y en imitar su trino
encuentras tú la excusa
perfecta para hacerlo.

¿Acaso la albahaca se interroga
el modo en el que el aire
se convierte en la fiesta del aroma encendido
cuando ella suspira?

No sabe la alameda
de la belleza de sus estaciones
y eso no le impide
desvivirse en el ávido y sensato
impulso arrebatado de exprimirlas. 

Se trata de atreverse
a recordar el tiempo venturoso
en el que aún que teníamos la intución deslumbrante
de que saber, sabíamos,
de que poder,podíamos
y nuestra obligación ineludible
consiste en imitarlos.

Y todo lo demás son esas cosas
que a base de llenarnos la vida sin mesura
de nimias fruslerías
acaba por vaciarla de sentido.

Mirar
con los ojos dispuestos a ser pasto de asombro
y el alma decidida a permitirlo.

Y si no, resignarse
en buscar en un cielo improbable y lejano
un dios a quien culpar de nuestras aflicciones.